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Lugares donde comí mejor que en un 5 estrellas por menos de 10€

¿Alguna vez te ha pasado que pruebas algo tan brutal en un puesto callejero que piensas: Esto supera a cualquier restaurante caro? Pues a mí sí, varias veces. En este artículo te voy a contar 10 lugares donde comí como un rey por menos de 10€ y en serio, ni en los mejores sitios gourmet lo superan. Vamos allá, que esto va de sabor, aventura y ahorrar.

1. Georgia – El khachapuri que me hizo volver al mismo sitio 3 días seguidos 🧀🍳

Hay viajes en los que un plato de comida se convierte en un recuerdo tan fuerte como un monumento o un paisaje. Eso me pasó en Tiflis (Tbilisi), la capital de Georgia. Allí descubrí el khachapuri adjaruli, uno de los platos más emblemáticos del país. Para que te hagas una idea: es un pan en forma de barquita, horneado hasta quedar dorado, relleno de queso fundido y coronado con un huevo crudo justo en el centro. Al servirlo, el cocinero coloca una nuez de mantequilla que se derrite al mezclarla con el queso y el huevo, creando una crema irresistible.

Por tan solo 2,50€, me sirvieron un plato que no solo me llenó el estómago, sino que me acarició el alma. No es exageración: la combinación de la masa crujiente con el queso suave y el toque de mantequilla me hizo volver al mismo puesto tres días seguidos. Era como si cada bocado me diera un abrazo cálido en medio del viaje.

Lo que más me sorprendió fue la hospitalidad georgiana. El dueño del pequeño local, al ver que era extranjero, me regaló un té caliente. Ese gesto sencillo decía mucho: en Georgia, la comida no es solo comida, es parte de su cultura de bienvenida y de compartir. Comer allí fue mucho más que un acto de saciar el hambre, fue entrar en contacto con una tradición que mezcla sabores caseros con sonrisas sinceras.

Georgia es un país que se conoce poco en lo gastronómico, pero si pruebas el khachapuri en su tierra natal, entiendes por qué tantos viajeros lo recomiendan. Yo no solo probé un plato barato: probé una parte del corazón del país.


2. Bolivia – Un plato de pique macho en Cochabamba que valía oro por 3€ 🥩🌶️🍟

Bolivia es uno de esos países donde la comida callejera tiene personalidad propia. En Cochabamba, una ciudad famosa por su tradición culinaria, probé uno de los platos más intensos y auténticos que he comido: el pique macho.

Se trata de una montaña de patatas fritas, trozos de carne, salchichas, rodajas de huevo duro, cebolla, ají picante y tomate. Todo ello bañado con salsas caseras que aportan un toque de fuego, pero sin tapar los demás sabores. Lo pedí en un mercado local, en un pequeño puesto donde una señora cocinaba con tanta naturalidad que parecía estar preparando la comida para su familia.

El precio: menos de 3€. Y con eso tuve suficiente para quedar lleno hasta la noche. La ración era tan generosa que casi parecía imposible acabarla. Pero lo más especial no fue la cantidad, sino el sabor: intenso, casero y lleno de carácter. El picante estaba presente, pero equilibrado, dándole un empuje extra a cada bocado.

La cocinera me contó que llevaba años perfeccionando su receta, heredada de su madre. Y se notaba. El pique macho no es solo un plato, es parte de la identidad de Cochabamba, una ciudad que vive la comida con orgullo. No lo he vuelto a probar igual en ningún otro lugar, porque creo que solo allí se sirve con esa autenticidad que mezcla tradición, cariño y sabor.

Comer en Bolivia es un recordatorio de que no necesitas gastar mucho dinero para probar algo que se quede grabado en tu memoria. Por 3€, encontré un plato que valía oro.


3. Serbia – El burek recién salido del horno que me salvó una mañana helada 🥐🔥

Hay momentos de viaje que parecen mínimos, pero se convierten en recuerdos inolvidables. En Belgrado, en pleno invierno, me encontré con uno de ellos gracias a un burek.

Era una mañana helada, con las manos frías y el estómago vacío. Caminando por las calles, un aroma irresistible a masa horneada me guió hasta una panadería. Allí, recién salido del horno, tenían burek de carne. Compré uno por apenas 1,20€, y la primera mordida fue suficiente para cambiar mi día: crujiente por fuera, jugoso por dentro, con ese sabor casero que solo encuentras en recetas de toda la vida.

Lo acompañé con un yogurt local, una combinación clásica en Serbia. El contraste entre lo cálido del burek y lo fresco de la bebida era perfecto. La ración era tan generosa que no solo desayuné, sino que quedé satisfecho hasta varias horas después.

Me gustó tanto que esa misma tarde volví para probar el burek de queso. Era diferente, más cremoso, pero igual de reconfortante. Esa simpleza, ese equilibrio entre sabor, precio y abundancia, me hizo entender por qué el burek es un alimento esencial en los Balcanes.

Lo que me marcó no fue solo la comida, sino la experiencia: un día frío, un local sencillo y un plato humilde que me dio calor y energía. A veces, las comidas más memorables no son las más caras ni las más sofisticadas, sino aquellas que llegan en el momento justo. Y ese burek en Belgrado fue exactamente eso.

4. Marruecos – Un tajine humeante en un callejón de Fez que parecía sacado de un sueño 🍲✨

Si hay un lugar donde la comida se mezcla con la magia de las calles, ese es la medina de Fez. Entre pasillos estrechos llenos de alfombras, especias y el bullicio de vendedores, encontré un pequeño local que parecía invisible para los turistas. Allí servían un tajine de pollo con limón y aceitunas por apenas 3,50€.

El aroma ya me atrapaba desde fuera: especias dulces, cítricos y ese toque de cocción lenta que lo envuelve todo. El tajine es un plato tradicional marroquí que se prepara en un recipiente de barro cónico, donde los ingredientes se cocinan a fuego bajo hasta quedar tiernos y jugosos. El dueño me contó que ese método permitía conservar todos los jugos y que el caldo resultante, conocido como “arwa”, es lo que le da la esencia al plato.

Cuando lo probé, entendí por qué es tan icónico: el pollo estaba tan suave que se deshacía con el tenedor, y el contraste entre el limón encurtido y las aceitunas verdes daba un sabor profundo, ácido y salado al mismo tiempo. Lo acompañaban con pan marroquí recién horneado, perfecto para mojar en la salsa.

Aquella comida no fue solo deliciosa: fue un respiro en medio del caos encantador de la medina. Comer un tajine allí, entre callejones y vida cotidiana, fue como meterme de lleno en el alma de Marruecos.


5. Filipinas – Adobo de pollo en un mercado de Manila que parecía hecho por tu abuela 🍖🍚

Si tuviera que elegir un plato que represente a Filipinas, sin duda sería el adobo. En un mercado local de Manila, me senté en una mesa de plástico junto a varios trabajadores que almorzaban, y pedí un adobo de pollo con arroz por menos de 2€.

El adobo es el plato nacional por excelencia, y aunque cada familia tiene su versión, la base siempre está ahí: pollo marinado en vinagre, salsa de soja, ajo y laurel, cocinado lentamente hasta que la carne se vuelve tierna y jugosa. El mío venía acompañado de arroz blanco y un huevo frito encima, un detalle simple que lo convertía en una comida completa y reconfortante.

Lo que más me gustó no fue solo el sabor —profundo, ligeramente ácido, salado y con ese aroma a hogar—, sino el ambiente. Estaba rodeado de gente que comía, hablaba y reía como si todos fueran parte de la misma mesa. Nadie me conocía, pero me hicieron sentir como uno más.

El adobo que probé aquel día no era sofisticado ni estaba adornado para turistas: era pura comida casera, de esa que te recuerda a la cocina de una abuela, aunque estés a miles de kilómetros de casa.


6. Nepal – Momos humeantes con chutney picante a los pies del Himalaya 🥟⛰️🔥

En Pokhara, a orillas de un lago rodeado por montañas y con los picos del Himalaya al fondo, encontré un pequeño puesto callejero que vendía momos. Por 1€, me sirvieron un plato con diez dumplings al vapor, recién hechos y rellenos de carne y vegetales.

Los momos son un plato de origen tibetano que en Nepal se han vuelto parte del día a día. Su forma recuerda a una pequeña bolsita de masa rellena, suave por fuera y jugosa por dentro. Lo que los hacía especiales aquí era el chutney casero de tomate con especias: una salsa picante que calentaba la garganta y te hacía sudar, pero al mismo tiempo te pedía seguir comiendo.

Me gustaron tanto que pedí otros diez para llevar. Ver cómo los preparaban en el momento, doblando cada pieza a mano con rapidez y precisión, era casi hipnótico. Y el vapor que salía de la cesta de bambú en medio del frío de la tarde era como una invitación imposible de rechazar.

A veces, después de un día de caminata, no necesitas nada más que algo simple, caliente y sabroso. Para mí, esos momos fueron justo eso: un pequeño festín callejero que sabía a Himalaya y hospitalidad.

7. Túnez – Sándwich de merguez con harissa en plena calle del zoco 🌭🌶️🕌

El zoco de Túnez capital es de esos lugares que te atrapan desde el primer paso. Un laberinto de callejones estrechos donde los olores cambian a cada esquina: especias que te hacen cosquillas en la nariz, cuero recién trabajado, dulces con miel, y de pronto el humo de una parrilla que lo invade todo. Fue ese humo el que me llevó hasta un pequeño puesto donde un señor, con una sonrisa tranquila, preparaba sándwiches de merguez.

La merguez es una salchicha especiada y picante, muy típica en el norte de África, y allí la servía dentro de un pan de pita crujiente, relleno además con patatas fritas, ensalada fresca y una cucharada generosa de harissa, la salsa roja ardiente que en Túnez no perdona. Todo eso por apenas 2,50€.

Lo curioso es que, aunque era un simple sándwich callejero, la combinación era perfecta: el pan calentito y crujiente, la carne jugosa con ese punto ahumado, y la harissa que te hacía sudar pero al mismo tiempo te pedía otro mordisco. Me lo comí de pie, apoyado en una pared, mientras veía cómo turistas regateaban por alfombras y los locales pasaban con bolsas llenas de compras. Al lado compré un vaso de zumo de naranja recién exprimido, dulce y frío, que fue el equilibrio perfecto para el picante.

Fue un momento rápido, de esos que no planeas, pero que recuerdas siempre porque condensan la esencia de un lugar: ruido, caos, comida callejera, gente sonriendo y un sabor imposible de olvidar.


8. Ucrania – Varenyky caseros en un rincón de Lviv que me hizo sentir como en casa 🥟❤️🇺🇦

Lviv es una ciudad que parece sacada de un cuento, con sus calles empedradas y cafeterías escondidas en cada esquina. Una tarde fría, buscando algo caliente para comer, entré en una pequeña cafetería familiar donde una señora mayor cocinaba varenyky, los dumplings tradicionales de Ucrania.

El lugar era muy sencillo, con apenas cuatro mesas y una decoración que parecía la sala de estar de una abuela. Pedí una ración doble de varenyky rellenos de patata y cebolla caramelizada, que venían cubiertos con crema agria. El precio: apenas 3€. Desde el primer bocado supe que aquello no era solo comida: era un pedazo de hogar servido en un plato.

La masa era suave, el relleno cremoso y dulce por la cebolla, y la crema agria le daba ese toque ácido que lo equilibraba todo. Pero lo que más me marcó fue la sensación: esa señora cocinaba como si estuviera dando de comer a sus nietos. Me sonrió cuando terminé y me ofreció té caliente, como si supiera que lo necesitaba.

Ucrania tiene esa forma de transmitirte cariño a través de su gastronomía, con platos sencillos pero cargados de historia. No era solo un almuerzo barato, era un abrazo en forma de varenyky.


9. Siria – Shawarma con pan casero en medio de una ciudad renacida 🥙🔥🇸🇾

Damasco es una ciudad que respira historia en cada esquina: mezquitas, mercados, aromas de especias y pan recién hecho. Paseando, encontré un pequeño puesto donde preparaban shawarma de pollo, uno de esos platos que todo el mundo dice que tienes que probar allí.

El chico que lo hacía tenía un gesto sereno, como si llevara toda la vida repitiendo el mismo movimiento: cortar la carne jugosa, ponerla sobre un pan recién horneado, añadir vegetales frescos, una pizca de hierbas y esa crema de ajo irresistible que hace que quieras más. El precio era casi simbólico: 1,80€.

Mientras cocinaba, me contó que había aprendido la receta de su padre, que también había tenido un puesto en la misma calle. Esa historia hizo que cada bocado tuviera otro valor. El shawarma estaba delicioso, con ese equilibrio perfecto entre lo crujiente del pan, lo suave de la salsa y el sabor especiado de la carne. Pero lo más importante fue lo que representaba: comer en un lugar lleno de cicatrices, que sin embargo sigue ofreciendo hospitalidad y tradición con una sonrisa.

Ese shawarma no fue solo una comida callejera barata, fue una lección de vida envuelta en pan caliente.


10. Albania – Byrek de espinaca y queso con vistas al mar Jónico 🌊🥬🧀

Saranda, al sur de Albania, es uno de esos lugares donde el mar y la montaña parecen competir por tu atención. Paseando por sus calles, me detuve en una panadería donde vendían byrek, un pastel de masa filo relleno de espinaca y queso. Me costó 1,50€, recién salido del horno.

Lo compré caliente y me fui directo al paseo marítimo. Me senté frente al mar Jónico, con las olas rompiendo suavemente, y mordí la primera capa crujiente del byrek. El contraste entre la masa ligera y dorada, y el relleno cremoso y salado, era perfecto. Cada bocado parecía encajar con el paisaje: simple, sincero y lleno de sabor.

Ese momento, con el sol cayendo y el mar tiñéndose de naranja, fue uno de los más especiales del viaje. No era un restaurante caro ni un plato sofisticado: era un snack barato que, en el contexto adecuado, se convirtió en una experiencia de lujo emocional.

Albania me enseñó que la verdadera riqueza de viajar está en esos pequeños detalles: una comida sencilla, un paisaje inolvidable y la sensación de estar exactamente donde debes estar.